Cátulo
Castillo fue poeta popular. Amigo de Perón y Evita.
Los oligarcas del ´55 lo echaron del Conservatorio Municipal
de la Comisión Nacional de Cultura y le impidieron
cobrar los derechos de autor. Es decir, lo condenaron a una
durísima hambruna, QUE SOPORTÓ SIN QUEJAS. -"Te
has quedado sin nada"- le dice su hermano Hugo -"¿Cómo...?-
responde sorprendido -tengo todo lo que he dado: la amistad
de la gente ..."
Era amigo de muchos: de Jauretche, de Discepolín, de
Manzi, de Troilo, de Sebastián Piana y Celedonio Flores;
de Carlos de la Púa y Nicolás Olivari, ¿de
quién no?.
A los fusiladores del ´55 no les caía bien este
poeta de Tinta roja, Organito de la tarde, Silbano, Viejo
ciego, El aguacero, Café de los angelitos, Patio de
la morocha, El último café ¿más?
Nada menos que la Última curda: "lástima
bandoneón / mi corazón / tu ronca maldición
maleva / ..."
En Serenata a la muerte de Eva, Cátulo Castillo, poeta
de la gente, dice lo que siente y que el Coro expresa "¡Toquen
suave, muchachos / No se olviden que duerme / se han callado
los astros" y responde el Cancionista: "La vida
se detiene". |